Dos caminos.

Hace unos años, en el silencio de unos metros de concreto,
vi que mi vida en dos caminos se separaba.

El de la izquierda, iluminado con dos hermosos astros,
una luna y un sol, azules, y profundos,
calmos como una laguna centenaria; 
con las rocas teñidas de dorado envejecido, y delicados reflejos que parecian
de lejos, como un rocío:
con el misterio de los caminos 
que desaparecen a sus caminantes para jamas contar la historia de su aventura.

El de la derecha, con sombrios parajes,
adornados con hilos como de plata, escarpado y con un abismo de un lado,
pero que fervientemente me invitaba con sus plateadas mañas
a recorrerlo sin parar, sin importar a donde llegara.
Una nube de lluvia se veia en su horizonte, un roble con manto
de musgos y líquenes, llenaba mis angustias con su perfume.

¿A la derecha? ¿a la izquierda?
un gran dilema para quien solo podia con sus pies elegir el tiempo de su vida para recorrer un solo camino,
sin mirar atrás.

Devolví mis pasos, sigilosamente, para observar bien el panorama.

Dí vueltas en mis pasos, rascando pensativa mi frente.

Habría agradecido tener un mapa, pero recordé que las mejores aventuras jamás se planean.

Y con mi mochila amarilla me lancé por elegir seguir la derecha.

Caminé sobre algodón de plata, 
por los desiertos que dibujaba la sombra del atardecer
en silencio.

Subí por terribles peñascos,
y caí de ellos estrepitosamente.
Vi como la negra noche cubrió mi espalda
a la señal de un aterrador grito de cuervo negro.

Vi caer la lluvia de aquella nube, sin parar, por meses,
por años.

Pasé por escabrosos túneles, adornados de flores muertas,
de lápidas ardientes.

Vi la luz salir tras las montañas de la nostalgia, 
como los rayos primeros del verano a través de la bruma fría.

Me dormí al atardecer de mis sueños, en la hamaca del destino.

Levanté campamentos sin comandante para librar una guerra fría.

Escuché a las negras siluetas de los árboles decir conjuros sin
entender palabra alguna.

Vi dos búhos alejándose de mi, tal como la sabiduría lo hace del necio.

Lloré a deshoras y nunca me perdoné cuando era hora.

Casé dos manos a la luz tenue de una luna llena, con el símbolo frío de una argolla sin vida.

Guardé provisiones dulces para el camino de plata.
Y todo  fué bueno...Mas no fue tan malo.

Y unos años después descubro con sorpresa a otra caminante,
alta y blanca,
saliendo del camino de astros azules,
misteriosa, iluminada, con su maleta deshecha,
con la sonrisa amplia, pero enmudecida.

Se quedó allí, mirándome, y como si yo no estuviera ahi...

Nuestros caminos daban la vuelta, uno sobre otro,
y el final de ambos convergía en el mismo punto,
al igual que su comienzo. 

Me senté sorprendida,
al lado de ella,
y me pregunté mentalmente,
con miedo de exaltar a aquella caminante:

...¿Cómo habría sido mi camino,
si en vez de escoger el de plata,
hubiera alzado la mirada,
para ver la verdad en esos dos astros azules?

...¿Cómo habría sido mi camino,
si en vez de virar a la derecha, 
hubiera deshecho mis pasos,
sólo para virar a la izquierda?...



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