Sueño.

Hoy he despertado de madrugada.

El silencio del lunes en la oscuridad siempre es tenso.

Las lámparas de la avenida rechinan de electricidad, y yo me siento, sola, en cama, a ver la negrura de mi habitación, sedienta.

Despierto, y antes he tenido el mismo sueño, de tu risa y tu pelo al viento, de páramos y nubes que se escalan en forma de caracol.

He visto tus zapatos, delante de los míos, y tú extendiéndome tu amplia mano para seguirte el paso.

Llegamos a la cima verde, pedregosa, y allí, al lado de una casa semidestruída, y una cabaña de rústica madera, nos espera en la punta más alta una niña de pelo negro, sonriendo festiva, blanca como la nieve, con un águila en su delgado brazo cubierto por un guante de piel bovina clara.

Nos quedamos mirando uno al lado del otro, y ella nos acerca su curiosa mascota, para que acariciemos sus plumas brillantes, para que miremos sus ojos de otra dimensión.

Tu me empujas sonriendo, suavemente, y me animas a tomarla en mi brazo, tomo el guante y el águila me pide que la toque tiernamente, casi como si fuera una hija.

Se recuesta sobre mi pecho, tierna y cálida, y después de tocarla unos minutos sin aviso emprende el vuelo, y chilla extasiada volando en amplios círculos alrededor nuestro.

Tu sonrisa es tan amplia y tus ojos están tan maravillados, que te observo y me siento feliz por unos breves minutos de verte así, allí, justo allí.

El águila remonta y a su vuelo se suma otra más, y hacen círculos sobre nuestras cabezas, la niña ríe, y sus hermosos dientes blancos me invitan a abrazarla.

Los tres nos acercamos, nos reímos emocionados, mientra el hermoso cielo azul se abre sobre nosotros y en el horizonte, y las montañas cubiertas de eterna nieve relucen con el sol de invierno.

Estamos rodeados de nubes suaves y vaporosas, y las águilas vuelven por una caricia más a mi brazo, te miro y apruebas que las toque, y la niña sonríe satisfecha. La suave y fría brisa nos sopla en la cara, y juro, que nunca, en la realidad, fui más feliz que en aquellos momentos de sueño profundo.

Se acerca una horda de personas para observarnos, también extasiados, y están tan felices y curiosos como lo estuvimos nosotros.

Ellas vuelven a su vuelo  y desde tierra las miro con mi boca entreabierta, enceguecida por el rayo solar, por el azul del cielo, el frío viento.

Y me despierto segura siempre de que estuve en algún lugar, con una niña hermosa, contigo, viendo las águilas volar sobre nuestras cabezas, y que aún en ese sueño, somos felices y las águilas aún vuelan en nuestro ensueño.







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