Libre.
Libre voy ahora, luego de abrir la jaula que contenía mi vida.
La llave siempre estuvo en tu lengua, en tu mirada, y la cerradura cedió ante tu adiós.
En medio de la oscuridad, en un tranvía hacia el inevitable destino, y sobre la vía, mi voz explotó de estar tantos años reprimida.
Yo canté como nunca, en la noche más negra del eterno continente de las historias de piedra y arroz, yo pude huir de mi cuerpo, de mi casa, y al fin, de mi jaula. Y aún no me detengo, inexplicablemente, no se cansa mi voz de bailar con las notas que creí yo, ya olvidaba.
Un rayo de tenue púrpura cruzó mi corazón, y por última vez te vi desaparecer en lo oscuro de una esquina, un fantasma de fuego que entró a mi cama, de puntillas en mi vida, luego bajo la lluvia, abrigado con mi paraguas, haciendo de cada noche un sueño y una pesadilla.
La sábana en la mañana cubriendo a medias tu espalda, tus manos bajo la almohada, tu boca entreabierta delicadamente, como en una oración indescifrable en un idioma tan bello que ni un ángel lo podría comprender...
Alguna vez amamos, aún cuando apretábamos de dolor y rabia los labios, y yo sólo pude callar, y cerrar mis ojos lentamente, esperando que al verme pestañear leyeras que te pedía perdón y otro beso.
Por ti hay flores azules marchitándose cada día, por ti existen todas las canciones de amor del mundo, tienen para ti una dedicatoria en letras doradas, tus iniciales marcadas aún en las que faltan por nacer a los oídos de mortales ciegos. Y seguiré enamorándome de los recuerdos y de ti en cada nota, como lo hice al probar tu piel una primera vez, la que me dijo que eras tu a quien llevaba eras esperando.
Ya no hay lágrimas, ni palabras, ni nada.
Siguiendo un rastro de pétalos destruidos, sentí que ya nada podía volver a contenerme, en ningún recipiente, podría volver a morar de nuevo.
Vacío sereno, una luna, que veré solitaria reflejada en el mar, verano de los jóvenes risueños, políglotas seductores, hermanos de la brizna de hierba de Withman.
Libre, por mil razones, libre, porque de tu mano llegué a un umbral, y libre, porque al cruzar, te he soltado, para volar, y no volver a caminar.
No hay niebla, el amanecer, tan claro como tus ojos de pulido cristal, se llena de calurosa brisa.
Otra razón, una más, para resumirte en primaveras, en peces de colores en el estanque de un jardín oriental, en el ruido de los árboles al mecerse con el eco de niños lejanos.
Salgo a mi balcón, recitando los poemas del silencio, estirando mis brazos para llenarme de energía y flotar, como siempre debió ser, en lo leve de una voz.
Una ciudad me observa, y aunque parece voraz, no le temo ya, porque hay una y mil razones más, para no volver a morir de miedo, de soledad, o de tristeza.
Libre voy ahora...Y tengo una y mil razones para serlo.
La llave siempre estuvo en tu lengua, en tu mirada, y la cerradura cedió ante tu adiós.
En medio de la oscuridad, en un tranvía hacia el inevitable destino, y sobre la vía, mi voz explotó de estar tantos años reprimida.
Yo canté como nunca, en la noche más negra del eterno continente de las historias de piedra y arroz, yo pude huir de mi cuerpo, de mi casa, y al fin, de mi jaula. Y aún no me detengo, inexplicablemente, no se cansa mi voz de bailar con las notas que creí yo, ya olvidaba.
Un rayo de tenue púrpura cruzó mi corazón, y por última vez te vi desaparecer en lo oscuro de una esquina, un fantasma de fuego que entró a mi cama, de puntillas en mi vida, luego bajo la lluvia, abrigado con mi paraguas, haciendo de cada noche un sueño y una pesadilla.
La sábana en la mañana cubriendo a medias tu espalda, tus manos bajo la almohada, tu boca entreabierta delicadamente, como en una oración indescifrable en un idioma tan bello que ni un ángel lo podría comprender...
Alguna vez amamos, aún cuando apretábamos de dolor y rabia los labios, y yo sólo pude callar, y cerrar mis ojos lentamente, esperando que al verme pestañear leyeras que te pedía perdón y otro beso.
Por ti hay flores azules marchitándose cada día, por ti existen todas las canciones de amor del mundo, tienen para ti una dedicatoria en letras doradas, tus iniciales marcadas aún en las que faltan por nacer a los oídos de mortales ciegos. Y seguiré enamorándome de los recuerdos y de ti en cada nota, como lo hice al probar tu piel una primera vez, la que me dijo que eras tu a quien llevaba eras esperando.
Ya no hay lágrimas, ni palabras, ni nada.
Siguiendo un rastro de pétalos destruidos, sentí que ya nada podía volver a contenerme, en ningún recipiente, podría volver a morar de nuevo.
Vacío sereno, una luna, que veré solitaria reflejada en el mar, verano de los jóvenes risueños, políglotas seductores, hermanos de la brizna de hierba de Withman.
Libre, por mil razones, libre, porque de tu mano llegué a un umbral, y libre, porque al cruzar, te he soltado, para volar, y no volver a caminar.
No hay niebla, el amanecer, tan claro como tus ojos de pulido cristal, se llena de calurosa brisa.
Otra razón, una más, para resumirte en primaveras, en peces de colores en el estanque de un jardín oriental, en el ruido de los árboles al mecerse con el eco de niños lejanos.
Salgo a mi balcón, recitando los poemas del silencio, estirando mis brazos para llenarme de energía y flotar, como siempre debió ser, en lo leve de una voz.
Una ciudad me observa, y aunque parece voraz, no le temo ya, porque hay una y mil razones más, para no volver a morir de miedo, de soledad, o de tristeza.
Libre voy ahora...Y tengo una y mil razones para serlo.

Comentarios
Publicar un comentario