Eternidad.
¡Cuántos años han pasado, desde la primera vez que nos vimos, y empezamos a construir, catedrales de espejo, sueños en papel blanco!
Las manchas de luz, se vuelven claroscuro, reflejos de un recuerdo que sobrepasa las mentes y el tiempo.
Quién pensaría, que después de tantos años, seguiríamos caminado juntos, lado a lado, tomados de la mano, comprendiendo que era la única forma de trazar caminos que nos llevarán a la eternidad.
Porque ningún sendero podía llegar a las estrellas, si no estaba a tu lado.
El sol se mece en las cortinas de domingo, y el reloj suena pausado, contando los segundos para nuestra partida.
Y en el éxtasis de una mirada, congelados por el momento de un parpadeo, en blanco y negro somos felices fantasmas, una impresión.
Aún más inmenso que las catedrales a nuestro alrededor, tuvimos un reino que construimos, con la forma de nuestra casa, donde te hice rey, y en donde, con honores, me entregaste un arquero de ojos claros y dos vírgenes con el lustre oscuro del ónix bautizando sus cabezas, con la verdad sellada en sus frentes.
Los países se han rendido, las distancias se ha acortado, hemos vagado entre las tierras ocultas, enterrando en grietas las envidias, los años, la pesadez, la costumbre.
Ahora estamos aquí, reunidos en una imagen, posando para los curiosos ojos de un chico inocente, de un corazón tallado en un cristal.
Y no miramos atrás, seguimos adelante y no miramos más atrás, fue nuestro el camino, largo el centelleo de los Diciembres que pasamos juntos, o tal vez en algún momento, separados.
Bailamos sonriendo al ritmo de las épocas, y no hubo más entre nosotros que un amor colmado, un beso cada noche, un abrazo para abrigarnos.
Somos nosotros un par de espejos encontrados, manchados por los años. Un par de espejos que se ocultarán un día bajo una mortal sábana blanca para ser custodiados, en agradables recintos, jamás olvidados.
En la tarde las siluetas simétricas se definen con los rayos de la tarde, y es otra tarde más, detenida en una retina reflexiva.
Ya los minutos ni las horas cuentan, solo tu y yo tomados de la mano, como lo hacemos desde hace tantos años atrás. En el largo túnel del tiempo, las risas de tres niños jugando en una alberca son corona de alegría.
La maleza crecerá ocultando nuestro pasos, pero seguiremos siendo, en la sangre de los nuestros, en el futuro de ojos oscuros que por esta vez, se nos ha quedado, las espaldas, mirando.

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