Diablo.


El diablo va allí por el parque, pisando flores y hojas secas, adora cómo se deshacen y suenan con la fuerza de sus pasos, es un niño entretenido en pequeñas destrucciones.

Camina mirando al piso, con los ojos encendidos, dos pequeñas y tiernas fogatas que no se extinguen jamás.

Patea las piedras, con la mente incendiada, con la conciencia tranquila, con la maldad domada.

El se resigna, y camina, camina...Por las estaciones del subterráneo, por las gasolineras, y los supermercados.

El se sienta en las bancas y observa la gente pasar, en sepulcral silencio. Les lee la mente, pero no se horroriza.

El sabe de pasiones, de olvidos y de culpas, él sabe de oraciones, de caminos, y de estar confundido a oscuras.

El arde en silencio y cuando nadie lo ve, él transfigura su rostro cuando le preguntan quién es.

Nunca saca las manos de sus bolsillos...Siempre hay trucos en ellos.

El sonríe cuando sale de un hotel, cuando conoce a una mujer, cuando toma un tren hacia la nada.

Desaparece y aparece, tras los cercos y las puertas.

El sabe de todo y de todos, él no habla, sólo observa, él escucha, él te observa.

Nunca olvida, y de ti lo que más te perturba es lo que más, cuando a solas estás, te recuerda.

El es humo en tu puerta, es un pequeño dolor de miedo en tu pecho.

El camina, sin afán tras de ti, y cuando lo sientes y volteas, ya no esta ahí.

Así es el...










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