Bosque.

Recuerdo vagamente la pesadilla de una tierra agrietada y cubierta de cielo lluvioso que no se derramaba.

La tierra era mi árido corazón, las grietas, la terrible desazón; el cielo eran mis ojos...Que adoloridos no lloraban...No se derramaban.

Llegas corriendo...Huyendo...No sé de dónde o desde cuándo...
Justo...A tiempo...En medio de mí.

En el bolsillo de mi pantalón encuentro unas semillas.

Las dejé caer en las hendiduras...Me miraste en el momento cuando se alzaban las más negras nubes en mis ojos.

Me abrazaste...Y por fin pude llover.

Lloví tanto, que mis lágrimas inundaron nuestros zapatos.

Y se escuchó estruendo y tembló.

De las semillas nacieron robles que con sus raíces destruyeron recuerdos.

Nos abrazamos muy fuerte, mientras los árboles rompían el silencio chocando sus ramas.

Nos abrazamos con miedo y dudas, y el cielo de mis ojos se aclaraba y se llenaba de pájaros azules.

Y cuando no lo esperaba, hiciste, con un suspiro de alivio, crecer un bosque verde y húmedo, lleno de hongos y fantasías cubiertas de rocío.

Nos miramos...No sé cuánto tiempo...Aturdidos y mojados. Nos reímos. Lloramos.

Nos besamos en un claro, corrimos y nos escondimos.

Siempre me dejas encontrarte porque cuando corres la estela oscura de tu cabello te secunda guardiana como una sombra.

Te encuentro y nos besamos tras de cada tronco, recostados sobre piedras y musgos, sentados en las ramas altas lado a lado.

Y desde que llegaste, vivo feliz corriendo tras de ti en el bosque de sueños que sin querer germinaste para mi.

Nunca volvió la noche, ni la aridez o las lágrimas...Porque hiciste con tu presencia de mi corazón un bosque, en el que vives y que lleva mi ilusión a mecerse en las copas altísimas de los robles añejos.






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